22 DE ABRIL DIA DE LA TIERRA – NUESTRA CASA COMUN
La Tierra nuestra casa común, no puede seguir siendo tratada como un recurso inagotable al servicio de unos pocos. Hemos sido testigos de cerca cómo los territorios son heridos y cómo, con ellos, también lo son las comunidades que los habitan. La Tierra no es una idea abstracta: es suelo, agua, vida… y es hogar. Y hoy ese hogar está siendo violentado.
No podemos ignorar lo evidente; más del 75% de los ecosistemas terrestres han sido transformados por la acción humana, y millones de hectáreas de bosques desaparecen cada año especialmente en zonas vulnerables. A esto se suma el hecho de que cerca de 3.300 millones de personas en el mundo viven en contextos altamente expuestos al cambio climático, muchas de ellas en comunidades que menos han contribuido a esta crisis. Detrás de estas cifras hay decisiones políticas y económicas que favorecen un modelo extractivo voraz, que arranca de la tierra todo lo que puede sin medir consecuencias. Y las consecuencias son claras: pueblos enteros desplazados, comunidades indígenas expulsadas de sus territorios, familias obligadas a migrar porque su tierra ya no puede sostener la vida.
Lo que vemos no es desarrollo, es despojo. No es progreso, es expulsión. Es una forma de violencia que muchas veces se disfraza de crecimiento económico, pero que en el fondo responde a una lógica de acumulación que sacrifica vidas humanas y ecosistemas enteros.
Esta violencia no está aislada. Se conecta profundamente con las guerras que hoy siguen destruyendo regiones enteras del mundo. Allí donde hay conflicto armado, también hay intereses por el control de los recursos, de los territorios, de la riqueza natural. La guerra no solo mata personas: destruye ríos, contamina suelos, arrasa campos y obliga a millones a huir. Es la misma lógica de dominio, de imposición y de desprecio por la vida la que atraviesa tanto el extractivismo como los conflictos armados.
No puedo separar la defensa de la Tierra de la defensa de la dignidad humana. Cuidar la creación es ponerse del lado de quienes resisten, de quienes defienden sus territorios, de quienes no tienen voz en los espacios de poder. Es también cuestionar nuestras propias formas de consumo, nuestras comodidades y silencios.
En este Día de la Tierra no nos podemos quedar en gestos simbólicos. Necesitamos tomar postura. Necesitamos incomodarnos. Necesitamos actuar. Porque la Tierra no necesita discursos: necesita defensores. Y las comunidades que hoy están siendo expulsadas de sus territorios necesitan algo más que solidaridad: necesitan justicia.
Cuidar la Tierra es, en el fondo, un acto de resistencia. Es creer que otra forma de habitar el mundo es posible, pero también es comprometerse a hacerla realidad, aunque eso implique ir contra la corriente.
