CEUTA, LOS ESPEJOS ROTOS

Pablo Simón – Médicos Sin Fronteras (septiembre 2026- El independiente Granada)

Llevo en Ceuta dos días y bajo a comprar por la mañana una botella de agua al quiosco que hay al comienzo de la calle. Vivimos en un piso alquilado en un barrio modesto de la ciudad. Me recibe una mujer mayor vestida con una camiseta con el lema “Ceuta no se vende, se defiende”, con los colores de la bandera de España. Mantiene una conversación con otro paisano cuyo contenido resumido es que Sánchez es un sinvergüenza que ha abandonado a Ceuta en manos de Marruecos. Compro mi botella de agua, abrumado por la densidad de un discurso que une la sensación de desamparo de gente modesta con un racismo larvado que aflora y me uno a mis compañeros para dirigirnos a uno de los puntos de la ciudad donde el abandono de la población migrante que cruzó la frontera hace unos días se vuelve una situación lacerante, insultante.
Cruzamos la ciudad en transporte público con la sensación de no vivir en esa “ciudad en guerra” que transmiten los medios de comunicación desde la península. En el centro y en la mayoría de los barrios la gente sale, compra, desayuna su café y sus tostadas en la terraza del bar y luego va a sus trabajos o a hacer sus gestiones. Circulamos por la carretera que lleva a la frontera del Tarajal, a cuyo lado discurre el paseo marítimo. Los ceutíes hacen su footing tranquilamente y los más mayores pasean mirando el mar en calma. A la luz de estas imágenes los noticiarios, las redes sociales españolas, europeas y estadounidenses se revelan como estercoleros donde se produce un fango que es principalmente un producto peninsular con clara intencionalidad política. Y no es que Ceuta no tenga problemas importantes, uno de ellos, pero no el único, el de la actual llegada masiva de población migrante que ha aumentado la crispación y la tensión en la ciudad, mi compra mañanera de un botella de agua me lo mostró, pero no sufre la devastación que dicen, como si estuviéramos en la Guerra de los Mundos.
Pero sí es verdad que esta imagen de normalidad se emborrona por la creciente presencia de policía nacional, local, guardia civil y militares que van llenando el paisaje conforme nos acercamos a la zona del Tarajal, a los pies del barrio del Príncipe. Persisten y sobreviven penosamente parte de las más de 10.000 personas que todavía permanecen refugiadas en el territorio de la ciudad. A ellos les acompañan las imágenes de los migrantes, mayoría varones magrebíes, que van llenando las aceras y los descampados donde improvisan mini chabolas para pernoctar. La aglomeración se hace marabunta en las puertas de uno de los campamentos, el Espacio Temporal de Acogida, Loma Colmenar. Allí permanecen amontonados, incómodamente sentados, en una ancha columna, todos aquellos que quieren solicitar plaza en el centro. Los vigilan policías nacionales equipados con su material antidisturbios, les gritan, les increpan…, y la escena me trae a la memoria las fotos de los palestinos detenidos y en cuclillas en filas anchas como esta, mientras el Ministro Itamar Ben-Gvicr los increpa e insulta. La violencia es patente. Pasan en este momento las tanquetas de los regulares o de los legionarios, ufanos, musculosos, apuestos, desafiantes, exhibiendo los falos invertidos de sus fusiles de asalto Heckler. En su rostro se traducen las ganas de usarlos y de dar así una buena y justa lección a todos estos invasores harapientos. Sabemos que de vez en cuando, ellos y
todos, liberan su adrenalina y su testosterona apalizando a quien se pone a su alcance. Por supuesto
también lo hace sin complejo alguno la policía marroquí. Lo sabemos porque nos lo cuentan cuando
curamos las cabezas abiertas y los brazos sangrantes, por los que se vacían también las proclamas
democráticas que nos llena las boca a todos y a todas, Gobierno y oposición incluidas.
Llegamos por fin a lo que me recuerda el naufragio que viví en el Campo de Moria, en la Isla de Lesbos, en
Grecia, en la crisis del Mediterráneo de 2015-2016. La gente ha construido pequeñas chabolas con
cartones, palos o lo que pilla, y duerme donde y como puede. No hay agua, no hay luz, no hay servicios
higiénicos, no hay Estado. Aquí el Estado solo llega en la forma de tanquetas militares y furgones de la
policía nacional. Hay aquí mujeres, niños y niñas, algunos no acompañados y muchos jóvenes sobre todo
magrebíes. Difícil saber cuánta gente hay aquí pero se estiman que pueden ser cerca de 1.000. En realidad,
a día de hoy, nadie sabe en Ceuta cuántos migrantes cruzaron la frontera el 30 de Julio. Esta falta de datos
es una buena foto de la lentitud, improvisación y descoordinación que ha caracterizado la acción de
Gobierno en este tiempo. No se entiende cómo se pueden acoger a más de 300.000 migrantes ucranianos
en un tiempo récord y sea un problema ingobernable la situación de Ceuta, salvo que aceptemos el racismo
que siempre late en las políticas fronterizas de la Unión Europea y que España asume. De hecho, da la
impresión de que es más la presión mediática convertida en tormenta política la que acaba por movilizar al
Gobierno, que el compromiso humanitario y con los derechos humanos. El tema de los menores que viajan
solos sigue así empantanado mientras construyen a toda velocidad asentamientos para varones, los más
numerosos y, por tanto, los más visibles para lo población y la prensa. Mientras, se ralentizan los recursos
de acogida para los más vulnerables, las mujeres con o sin hijos, cuyos espacios ya están saturados y se ven
obligadas a pernoctan a las puerta o en las calles, en situación de cal desprotección.
Llegamos por fin a donde aparcamos la unidad móvil y desplegamos nuestro tenderete con nuestros
materiales. Pronto la cola es larga: infecciones respiratorias, gastrointestinales, cutáneas y muchas muchas
curas de heridas infectadas, producidas durante la entrada o en los siniestros encuentros con las fuerzas de
seguridad de uno y otro lado. Nos esperan a nosotros y a otra móvil de la Cruz Roja que suele coincidir con
nosotras, como quien espera el salvavidas que lo mantendrá un día más a flote en medio del clamoroso
naufragio. El gran espejo que utilizaba un muchacho para cortar el pelo con una maquinilla a sus
compañeros -barbero improvisado montando su pequeño negocio en medio de la desolación- está roto.
Me cuentan que ayer hubo incidentes y que la policía entró al barrio y en la refriega lo rompió.
Eso es, ahora mismo, Ceuta: la ciudad de los espejos rotos.