El lunes 30 habrá que seguir
En campaña electoral, la pregunta por quién ganará acaba ocupando casi todo el espacio. Es comprensible, porque del resultado depende quién podrá gobernar y con qué apoyos. Pero a las elecciones del 29 de noviembre llegamos con una preocupación que viene de más atrás. Cada vez cuesta más hacer planes en un mundo en el que una guerra puede encarecer la energía, un ciberataque puede interrumpir un servicio público y tener un empleo puede resultar insuficiente para pagar un alquiler. Son problemas de naturaleza distinta, pero en la vida cotidiana suscitan una pregunta parecida. ¿Con qué podemos contar cuando las cosas se tuercen?
Durante mucho tiempo, una parte de la sociedad pudo responder a esa pregunta con cierta confianza. Estudiar o aprender un oficio, encontrar trabajo y contar con servicios públicos que funcionaran permitía imaginar que, con el tiempo, sería posible hacer una vida propia. Ese pacto social, aunque dejó fuera a mucha gente incluso en sus mejores momentos, funcionó. Hoy se ha resquebrajado también para quienes pensaban que podrían contar con él. Se ve con especial claridad entre la gente joven, a la que pedimos que piense a largo plazo cuando apenas sabe si podrá pagar el alquiler el año que viene.
A la hora de valorar lo que propone cada candidatura, tendríamos que empezar por recoger la experiencia, la voz y la palabra, de quienes tienen más dificultades para afrontar la pérdida de un empleo, un retraso en una ayuda o una subida del alquiler. Buen ejemplo de ellos es el caso de las movilizaciones por la vivienda que muestran que parte de esa juventud de la que tanto se habla ya está planteando qué habría que cambiar. Sin embargo, resulta más fácil llenar una tertulia discutiendo quién merece vivir en el barrio, si quien nació aquí o quien llegó de fuera, que preguntarse por qué ninguna de esas dos personas puede pagar un piso y partir de su voz y de su palabra. Porque hay opciones políticas que han sabido aprovechar esa situación.
Las guerras culturales que han abonado ganan terreno cuando una dificultad compartida acaba enfrentando a quienes la padecen.
Algo parecido puede ocurrir con la seguridad. Si el debate se reduce a buscar culpables, queda poco espacio para examinar qué amenazas existen y cómo responder a ellas. Los sabotajes, los ciberataques y las campañas de desinformación son formas de presión que pueden afectar a servicios esenciales y debilitar la confianza en las instituciones. El gasto militar europeo ha aumentado y cabe discrepar sobre qué capacidades necesitamos y cuánto deben costar. Por eso merece la pena pedir a quienes aspiran a gobernar que expliquen qué riesgos consideran prioritarios, cómo se controlará ese gasto y qué lugar reservan a la diplomacia, la cooperación y la prevención de conflictos.
Lo que entendemos por seguridad se expresa también en la protección que estamos dispuestas a reclamar para otras personas. Ucrania, Gaza y Sudán son realidades distintas, pero en las tres la población civil sufre las consecuencias de la guerra y necesita que se respeten las normas que existen para protegerla. Es ahí donde se ve qué lugar queremos que ocupen los derechos humanos en la política exterior. Resulta relativamente fácil invocar el derecho internacional cuando quien lo vulnera es alguien a quien consideramos adversario. La medida de nuestro compromiso aparece cuando exigir su cumplimiento incomoda a nuestros aliados y aliadas.
Esa disposición a respetar unas reglas comunes cuando nos resultan incómodas es algo que también cuenta aquí. Sembrar sospechas de fraude sin pruebas antes de que se abran las urnas erosiona la confianza en que podamos resolver nuestras diferencias por cauces democráticos. Y esa confianza depende también de lo que ocurre entre elecciones. Conviene preguntarse cuántas veces hemos pedido a la gente que participe y cuántas hemos tomado en serio lo que tenía que decir. Si queremos animar a votar, quizá podamos empezar por escuchar a quien duda y hablar con calma de lo que cada opción propone, de lo que ha hecho cuando ha tenido responsabilidades y de lo que podremos exigirle después. Hay quien votará con ilusión y quien lo hará con reservas. También desde las reservas se puede tomar una decisión responsable.
El domingo 29 se contarán los votos y el resultado marcará decisiones que afectan a nuestra vida y a la de otras personas. Recomponer el pacto social llevará más tiempo y requerirá acuerdos entre quienes habremos votado distinto. Pero sabremos si avanzamos cuando una persona joven pueda hacer planes para los próximos años, cuando cuidar a alguien deje de significar empobrecerse y cuando los derechos sigan valiendo para quienes tienen menos medios para defenderlos. El domingo 29 podemos contribuir con nuestro voto. Y el lunes 30, pase lo que pase, habrá que seguir remando en esa misma dirección.
Eduardo Escobes
