Acoger y alentar la esperanza desde las periferias
Pepa Torres Pérez
1-La esperanza un don que se recibe y nos primerea
1.1.La esperanza, un don que se recibe
A muchos de nuestros contemporáneos y contemporáneas este título puede resultarles una contradicción ¿Es posible hablar de esperanza desde la realidad de injusticia, desigualdad, violencia económica y cultural que se vive en las periferias?¿No es una pretensión un tanto ingenua hablar de esperanza y sobre todo vivirla hoy en este tiempo bisagra que habitamos?, tiempos en lo que como decía Gramsci[1] : entre el viejo mundo que cae y el nuevo que tarda en nacer aparecen los monstruos. ¿Es posible remitirnos a la esperanza en una realidad amenazada por el colapso climático y por el abismo de la desigualdad y la pobreza por desposesión de bienes comunes? Una realidad, como señala Yayo Herrero[2], en guerra contra la vida. En la que se naturalizan genocidios como de Gaza guerras invisibles como la del Congo o Yemen. Un contexto, en definitiva, en el que como diría Teresa de Jesús[3], está el mundo ardiendo y no son tiempos para tratar con Dios negocios de poca importancia”. ¿Es posible?
Desde la entraña más profética de nuestra tradición que es el Evangelio sabemos y no podemos ni queremos olvidar que el trigo y la cizaña crecen juntos (Mt 13,30)y que junto al dolor y la impotencia de la que estamos siendo contemporáneas estamos siendo también testigos privilegiados de inmensas generosidades y dinamismos creativos que se están generando en miles de tramas comunitarias Sur a Norte y de este a Oeste de nuestro mundo. Iniciativas de colectivos y grupos empeñados en poner en el centro el sostén mutuo, la vida, la alegría, la justicia, la esperanza, pese a todo pronóstico, como hace unos meses la periodista Olga Rodríguez tuiteo la noticia de un grupo de profesionales palestinos y voluntarios sanitarios en Gaza cantando con todos los enfermos y asegurándoles que no abandonarían el hospital y que estarían juntos hasta el final, mientras el ejército de Netanyahu seguía bombardeando brutalmente los barrios.
En el actual contexto mundial y en nuestro propio momento existencial el evangelio nos sigue provocando y convocando a ser comunidades y personas de esperanza, porque como señaló Rahner: La esperanza ama la tierra. Por ello en este tiempo bisagra que nostoca habitar necesitamos agudizar la sensibilidad para detectar sus huellas y secundarlas. O dicho en palabras de Nurya Martínez Gayol, empatizar con nuestro mundo, con nuestra cultura, con nuestro momento histórico para descubrir las posibilidades que se esconden en su subsuelo[4].
Decía también la filósofa malagueña María Zambrano[5], exiliada durante más de 45 años en AL y Francia y cuya hermana, Araceli, fue detenida y torturada por la Gestapo, gravemente enferma desde entonces, que la esperanza es aliada de la fe, es el fondo último de la vida misma. Se alza como un puente sobre toda situación sin salida. Marca el camino señalando siempre otra orilla (´´´) la esperanza como un puente une caminos que sin él no conducirían sino a un abismo o un lugar intransitable. Se manifiesta a menudo desasida, sin agarre, sin razones, pero con capacidad de sostener la vida de quien la experimenta, convirtiéndose así en la sustancia de la vida de quienes a menudo todo lo han perdido (…) Crece en los pueblos oprimidos y en quienes viven el desamparo tomando la forma de la resistencia, generación tras generación, mientras Occidente permanece encerrado y aislado en su angustia sin horizonte y en el uso de una inteligencia que pretende regir la realidad sin entrar en contacto con el sufrimiento y la fragilidad, e ignorando que lo más importante de la vida se recibe(…)
Subrayo de esta reflexión dos cuestiones que me interesan especialmente: la primera se refiere a la paradoja de que las situaciones límites, ya sean sociales o existenciales son ecosistemas propicios a la esperanza y en ellas desarrolla su capacidad de abrir caminos en realidades intransitable. O dicho de otro modo, las periferias como trincheras de esperanza. La segunda es que la esperanza es un don que se recibe
1.2. La esperanza nos primerea
Desde la perspectiva de la fe hay una esperanza que nos precede, “nos primerea”: el Dios de Jesús camina con nosotras historia adentro sin apearse de ella y sin abandonarnos por densos y oscuros que sean los acontecimientos que atravesemos. Por eso no se trata tanto de llevar la esperanza, como si fuéramos sus poseedoras como de acogerla como un don que recibimos en la hondura y la gratuidad del corazón y en la proximidad con quienes transitan las periferias. La esperanza es la dinamo de los pueblos, el principio dinámico que moviliza interna y externamente personas y comunidades y lo hace desde abajo y desde adentro. Porque la comunidad y su inteligencia colectiva es partera de creatividad y horizonte común, No solo habita la tierra,a como dice Rahner, sino que habita también el corazón humano, que es el lugar donde anidan de los deseos más profundos.Por ello acoger y alentar la esperanza conlleva, como nos recuerda el libro de los Proverbios cuidar el corazón porque en él están las fuentes de la vida, ( Prov 4,23) las fuentes de la esperanza. Cuidar el corazón requiere el cultivo de la sensibilidad contemplativa, siempre atenta a lo frágil porque la esperanza es compañera a la vez de la resiliencia y de la fragilidad, porque el Dios de Jesús, el Dios de nuestra esperanza es un Dios prendado de todo lo que es frágil y amenazado de ser en nosotras mismas y en nuestro mundo ( Is 42,3 )
Desde el origen de la iglesia la triada clásica fe esperanza y caridad son inseparables o como tan bellamente formulo Charles Pegui [6]: la esperanza no marcha sola, no camina por sí misma, la pequeña esperanza avanza entre sus dos hermanas mayores, la fe y la caridad, que van a lo urgente en el tiempo presente, en el instante del momento, pero la esperanza ve lo que todavía no es. Ama lo que no es y será. Tiene mucho de confianza y promesa.
La esperanza por tanto, se hermana con la con la fe, con el amor y el anhelo de justicia o caridad. Se hermana con el amor porque nos mueve a permanecer, a ser pacientes, a arriesgar y esto solo es posible desde y por el amor. Pero se hermana también con el anhelo de justicia, porque la esperanza nos ofrece la lucidez y el convencimiento que ni la muerte ni el fracaso ni la violencia, ni la injusticia tienen la última palabra, y nos empujan a imaginar y hacer posible un cielo y una tierra nuevos (Ap 21,1-3), fiadas en la esperanza de Dios, que no defrauda (Rom 5,5), como nos señalan la inmensa nube de textos mujeres y hombre testigos que nos preceden. Porque como nos recuerda también el profeta Jeremías Dios tiene siempre un plan de bienestar y no de calamidad para la humanidad y la creación, a fin de darnos un futuro y una esperanza (Jr 29, 11-13 ),aunque para ello es necesarioimplicar nuestra libertad y responsabilidad.
La esperanza no es creer que el mudo tiene arreglo, sino que tiene sentido luchar para que lo tenga, o lo que es lo mismo[7], la esperanza no es la convicción de que las cosas saldrán bien, sino la certidumbre de que algo tiene sentido, sin importar el resultado final (VaclavHavel).En consecuencia,la esperanza cristiana no depende de los datos de la realidad, sino que es la realidad la que depende de nuestra esperanza. No se fundamenta con el optimismo histórico, sino en que la realidad puede modificarse por el misterio de amor y solidaridad que la habita y nos habita y nos urge a no solo a esperar, sino como diría Pablo Freire a esperanzar [8]
“Es preciso tener esperanza, pero tener esperanza del verbo esperanzar; porque hay gente que tiene esperanza de verbo esperar. Y la esperanza del verbo esperar no es esperanza, es espera. ¡Esperanzar es levantarse, esperanzar es perseguir algo, esperanzar es construir, esperanzar es no desistir! Esperanzar es avanzar, esperanzar es juntarse con otros para hacer las cosas de otro modo… Es preciso reinventar el mundo, buscar su belleza. Belleza que pasa por nuestra capacidad de imaginar, de crear, de actuar, de transgredir… de comprometernos con la existencia humana, alimentados aquí por la esperanza”
2.Las periferias trincheras de esperanza[9]
-La periferia es la manifestación espacial de la alteridad. Lo periférico es siempre en relación con un centro, un límite constitutivo que se convierte al mismo tiempo en objeto de dominación y subordinación. Lo periférico cumple una función identitaria para el centro. Si el centro es visibilidad y poder la periferia es lo que no es, lo despojado de poder y representatividad, lo que no cuenta, lo que no se quiere ver, lo excluido del poder y del reparto de los bienes. Lo periférico es lo no normativo, lo no hegemónico.
Se identifica con lo sub-alterno y más que sujeto se concibe como objeto, incluso desolidaridad, de evangelización, de educación, etc. Las periferias están habitadas en expresión de Eduardo Galeano por los y las nadies: O como señala Tutti Fratelli, quienes habitan las periferias son aquellos y aquellas de las que nunca se dirá que no son humanos, pero se les tratara como si no lo fueran (T F 39). Pero las periferias son también expresión de la contra-culturalidad. Son realidades que reivindican otro orden social, cultural económicos, etc que no excluya ni expulse, porque desde las periferias se hace imprescindible imaginar lo alternativo y los cambios hacia la justicia, la inclusión, la reconciliación. Por ello decimos que son trincheras de esperanza y sobre todo porque como iré desarrollando Jesús fue un periférico.
Desde una perspectiva teológico-espiritual las periferias son lugar de la encarnación de Dios, donde su Palabra se revela de forma privilegiada (Lc 2, 1,11; Jn 1,14) asumiendo lo débil, lo despreciado del mundo y generando desde ahí otra humanidad, otras relaciones, otro mundo posible (Cor 1,18-30). Son por tanto lugar privilegiado de la salvación universal de Dios, que por serlo se encarna en un periférico.También desde las periferias, sociales y existenciales se nos revelan nuevos matices del misterio de la vida, de su hondura y su resiliencia que nos pueden llevar a vivir la experiencia de la perplejidad y el asombro de Job “Ahora te han visto mis ojos”. En ellas se nos da conocer el misterio de Amor en el que creemos, un “Dios” que no es mágico ni solucionador, que no es el Dios de la retribución, sino la Presencia incondicional en el misterio de la vida de los pobres, no porque se lo merezcan o no, sino precisamente porque son pobres (Job 42,4).
La experiencia del propio Jesús de vivirse en religación con un Amor que le sostiene hasta el extremo y le ayuda a vivirse en donación total para ponerse en el lugar de las víctimas no para legitimar el sufrimiento ni exaltarlo sino para denunciar y poner fin al sistema y los valores que lo generan, nos lleva a reconocer ese Misterio como el Dios de las periferias y los límites y desde dentro de ellas, habitándolas, el Dios de la esperanza. Por ello decimos que el Dios de Jesús es el Dios de las periferias: El Dios de los esclavos que se ponen en marcha con la fuerza de su Espíritu, atravesando el desierto de lo desconocido en camino hacia la tierra prometida: la tierra donde abunda leche y la miel de la justicia, la inclusión, etc). El Dios que e abandona el templo para ponerse a la cabeza del pueblo cuando es deportado (Ez 11, 16), cuyo culto es la práctica de la misericordia y la proximidad (Is 58,1-11; Lc 10, 25-37). Para el que no hay lugar físico privilegiado para adorarle sino una actitud: en espíritu y verdad (Jn 4,21). Por ello la liberación de quienes son vistos por el poder religioso o político como periféricos y tratados como excluidos y excluidas es el signo de su presencia ya entre nosotros (Lc 7, 22; Lc 4,14-21), la esperanza al esperanza del ya sí, pero si, pero todavía no. definitivo y escatológico del Reino
La experiencia cristiana que brota de este misterio, como nos recuerda la carta de Pedro es fuente de alternatividad y engendradora de una esperanza nueva (1Pedro,1-3). Una fe y una esperanza resilientes, contra toda desesperanza (Rom 4,18), que no se conquistan, sino que se “reciben” en el encuentro con el misterio de la Vida que nos hace sus guiños desde las personas y grupos que anhelan una humanidad alternativa y se embarran en ello. Vivir esperanzadamente es vivir dando crédito a que la promesa de Dios, es decir las utopías de una nueva humanidad y una nueva creación donde no haya más grito ni más llanto ( Ap 21,4) quieren abrirse camino en la densidad de la historia y necesitan para ello manos a la obra de personas y comunidades, movidas por el la Ruah, la fuerza renovadora de la vida, aunque no hagamos más que abrir grietas por donde se vayan colando esperanzas y nuevas formas de vida, aunque sean pequeñas como un grano de mostaza (Mt 13,31-33).
Tener esperanza es por tanto apostar siempre por la fuerza del amor y la solidaridad, convencidos incluso que incluso cuando aparentemente se pierde vale la pena (o mejor la alegría) la lucha por la belleza y la justicia. Apostar por la esperanza es también desistir y consentir. Desistir de toda actitud egocéntrica o autoreferencial, renunciando así a los sueños de omnipotencia y a la seguridad que nos damos a nosotros mismos cuando sentimos que controlamos, dominamos y nos sabemos en terreno conocido. Desistir es también entonces atreverse a no medir el éxito o el fracaso de la propia vida por los éxitos o fracasos personales o institucionales, sino por la capacidad de disponibilidad al proyecto de hacer del mundo un banquete inclusivo sin primeros ni últimos, nos lleve donde nos lleve. Pero también apostar por la esperanza es también consentir. Consentir que el espíritu de las bienaventuranzas se vaya convirtiendo en el centro de gravedad de la existencia e ir desnudando la propia vulnerabilidad sin tener miedo a mostrarla sino vivir desde la confianza en la comunidad, la interdependencia y el apoyo mutuo como sustento imprescindible en la vida.
Pero apostar por la esperanza conlleva también soltar, vivir la vida y los dones recibidos no como posesión y punto de llegada, sino como regalos para ser compartidos, expuestos a las preguntas, los anhelos más profundos, los duelos, de quienes anhelan unas relaciones y una sociedad alternativa y se manchan las manos y los pies en ello. Por eso aposar por la esperanza es vivir el riesgo del Amor y la intemperie: Quien no se arriesgue a los dulces extravíos del Amor los ignorará para siempre” (Hadewichj de Amberes). Porque el evangelio es siempre intemperie, utopía embarrada en el reverso de la historia, por eso siempre nos lleva más allá de nuestras propias justificaciones y zonas de confort.
3-Alentar y acuerpar la esperanza
Alentar la esperanza no es cuestión de principios, sino que se trata de acuerparla, de encarnar lo que de ellas se nos vaya regalando. Porque la realidad es siempre mayor que la idea (EG) y en ella los gritos y las esperanzas de los y las más ninguneadas han de ser la brújula de la iglesia y de nuestra vida religiosa. Porque sigue habiendo una diferencia fundamental en la humanidad: la de aquellos y aquellas que dan la vida por supuesto y la de aquellos y aquellas para quienes hacerlo cada día es un milagro de supervivencia y resiliencia. O dicho de otro modo, la de aquellos y aquellas cuyas vidas son preciadas para la libertad del mercado, el consumo, el capital y los y las descartables, aquellos y aquellas cuyas vidas valen menos que la bala que los mata, que el banco que les desahucia, o que el balance económico de la empresa que compra sus tierras o su agua para privatizarla, porque Ser humano hoy se sigue historizando en según se pueda comer o no comer, circular libremente por el mundo con un visado sin ningún problema o alcanzando la muerte en cualquier frontera en el intento de cruzarlas o terminando en el infierno de la trata
Por eso, la esperanza cristiana, no es un principio, es ejercicio. Es la práctica de la primacía del amor y la dignidad de la persona por encima de toda legalidad, política o religiosa que la vulnere. Porque es en la projimidad y especialmente en las más vulnerada donde se nos revela el misterio y el escándalo de lo más humano y lo más divino, o dicho en el lenguaje religioso más clásico el Dios mayor se hace menor. La dimensión más trascendente de la vida se nos revela en lo más ínfimo, en lo más ordinario y vulnerado, si nos atrevemos a contemplar la realidad desde su hondura, perforándola al modo de los zahories expertos en encontrar Manantiales de vida ocultos en los aparentes desiertos personales y sociales de la historia. El cristianismo no es un gnosticismo, no se juega en los principios, ni en los dogmas, sino en hacer de la vida un banquete en todas las dimensiones posible, sin primeros ni últimos (l C 14.15-24) y en hacerlo históricamente desde los gestos más sencillo y cotidianos a la dimensión pública y política con la que también nos compromete la esperanza
4.Algunas provisiones imprescindibles para alentar la esperanza en los tiempos que atravesamos:
4.1. Afrontar y nombrar nuestros miedos.
La incertidumbre y el miedo son dos grandes dificultades para acoger y alentar la esperanza. Por eso es importante nombrarlos y afrontarlos. De la mano con quienes transitan las periferias podemos aprender que la incertidumbre es compañera de camino de la existencia humana y que no hemos de pretender resolverla, sino atravesarla y que la mejor manera de hacerlo es comunidad, en compañía, sosteniéndonos mutuamente. Vivimos también en un sistema que alimenta nuestros miedos para enfrentarnos unos e individualizarnos y fragmentarnos. El miedo nos puede llevar a ver a los diferentes como enemigos y a tomar posturas defensivas ante lo nuevo o lo distinto,a prejuzgar antes de escuchar, a blindarnos antes de dejarnos afectar, a mirar con sospecha el mundo y la cultura y a interpretar sus cuestionamientos como ataques, en lugar de abrirnos con humildad a ellos desde el diálogo e insertarnos amorosamente en la realidad, para desde adentro y con hondura señalar el misterio de la encarnación que contiene. A veces olvidamos algo que en nuestra fe es nuclear : No tenemos otro lugar para encontrarnos con Dios más que la historia. Dios nos ha precedido para siempre en su encarnación de modo que nada humano, mundano ni excluido, le es ajeno, sino que lo profundo de lo humano, lo mundano y lo excluido está Dios mismo. Por eso el antídoto contra el miedo no es la valentía, sino la confianza, en que la encarnación es verdad y las semillas del verbo habitan la historia, las culturas y el corazón humano y a nosotros nos toca detectarlas, y cuidar su crecimiento. La esperanza del evangelio, como decís vosotras en vuestra acta capitular tiene forma de semilla:
“(…) Sois la semilla del reino / plantadas en la historia/ (…) No tengáis miedo a tormentas ni sequías (…) / contribuid a hacer de este mundo un vergel/ Déjanos mecer por el viento de mi Espíritu”
4.2. Mirar y escuchar más allá de la apariencia: leer creyentemente la vida
Los miedos pueden paralizarnos y cegarnos, deformarnos la mirada y la escucha. A veces nuestra mirada y nuestra escucha son demasiado chatas y están como ofuscadas en las dificultades inmediatas e internas que nos atraviesan ¿Cómo aprender a mirar más allá , a otear signos del Dios prendido en la vida de la gente que está también donde aún nosotras no estamos, invitándonos a ser personas y comunidades permanentemente en salida, peregrinas, más en éxodo, más en los caminos, las cunetas y periferias, más que instaladas en recintos seguros con sus límites bien marcados?. Acaso necesitemos convertir e invertir la mirada y la escucha al modo de Jesús: La mirada y la escucha de Jesús es una mirada y una escucha siempre atenta, “vigilante”, en atención suma al paso de Dios por la vida, una mirada contemplativa en la acción (Mc 13,35-37, 14-38) Una mirada y una escucha desde la perspectiva evangélica de los pobres. Captan lo pequeño, lo que no tiene apariencia como el lugar y el modo en el que Dios se quiere revelar “para confundir a los sabios “. Tener ojos y oídos para lo pequeño y humilde aviva su capacidad de compasión, de ternura y esperanza. La mirad de Jesús es una mirada invertida: Donde los dirigentes judíos veían pecadores y enfermos (Mc 2, 13-17, Mc 7, 31-37) que había que excluir de la comunidad Jesús veía hijos del Padre extraviados que había que cargar sobre los hombros para congregarlos en la comunidad ( Juan 8, 1-8; Mc 5, 1-21), donde otros veían últimos El veía primeros. Invertir la mirada es un proceso que exige nuestra conversión radical, no se hace de un tirón, como le sucede al ciego de Betsaida, a veces el proceso de ir viendo pasa por no ver inicialmente más que sombras ( Mc 8, 22-25) y esunatarea en la que siempre seremos aprendices y que requiere maestros y maestras que nos ayuden a conducirla adecuadamente y para ello nos es imprescindible que nos presten sus ojos, los más orillados del sistema . Nos es imprescindible la proximidad y la amistad con ellos para captar el otro lado de las cosas, el revés de la historia y su verdad más profunda Ellos son nuestros gurus, nuestros mistagogos…. Algo que san Gregorio Nacianceno recordaba a las comunidades cristianas en el siglo IV: los pobres son nuestros maestros y los humildes nuestros formadores.
4.3. Resdescubrir lo cotidiano y lo mundano como lugar de revelación de la esperanza
Es urgente descubrir, acoger y anunciar al Cristo naciente en la hondura de lo humano, enamorado de la vida y apasionado por la humanidad en todas sus búsquedas de plenitud y justicia. El Cristo que anhela una profunda transformación del sistema y apuesta toda su vida en ello. El déficit de mundo caracteriza todavía a muchas de nuestras comunidades que siguen desvinculando a Dios de las experiencias hondas de placer y felicidad, de las relaciones, de la política, de la vida ciudadana, del diálogo con la ciencia, del trabajo y esto es un atentado contra la encarnación. Acoger, creer y dar razón del Dios de la esperanza pasa por reconocer su presencia dinámica a la vez que despojada en toda realidad. Por eso necesitamos recrear la evangelización como humanización. Evangelizar es humanizar la vida, las relaciones, la cultura, señalando el misterio que habita su hondura y lo hace posible.
Necesitamos reconciliarnos con lo pequeño, lo débil para descubrir en ello su marca evangélica y acoger y anunciar, la presencia salvadora, esperanzada, de Dios en la fragilidad humana y lo seminal de la historia. Por eso una actitud fundamental para quienes queremos acoger y alentar la esperanza es la humildad y la fidelidad a lo real, en el sentido más evangélico de la palabra: humildad viene de humus, “pegado a la tierra” vivir pegadito al suelo pero desde su hondura, lo cual pasa por la apuesta por el a largo plazo ,la apuesta por los procesos y por tanto la paciencia como virtud,. El éxito aparente no suele acompañar al buen evangelizador o evangelizadora pero si la gratuidad y la resistencia, que brota del cultivo de la fe: la hyponome .
Ser parteros y parteras del Dios de la esperanza no requiere escenarios especiales, ni necesita de templos o ámbito sagrados, sino que estamos llamados a hacerlo desde la totalidad de la vida y la cotidianidad, el cuidado de las relaciones, el acompañamiento, la vida ciudadana implicada en nuestros barrios, lo que Francisco llama la amistad social ( FT2) y el amor político ( LS).Porque los lazos comunitarios son hoy más que nunca sacramentos de la esperanza que nutren y sostienen las de muchas gentes: no ser invisibles, no ser desahuciado, tener comida y material escolar para los hijos, no perder el trabajo, no estar solo, esperanzas muchas de la cuales pasan por la materialidad de la vida y remiten a compromiso con las tres t que nos recuerda el papa Francisco: Techo, tierra, trabajo. Pero las tramas comunitarias son también signo de que otro mundo está siendo posible, como señala la ecofeminista Yolanda Sáez [10]son ese lugar en los que las sumas de nuestras derrotas se convierten en esperanza por el hecho de estar juntos y donde la suma de nuestras oscuridades se convierte en luz para estar en conexión y atravesar la incertidumbre.
4.4-Apertura y acogida a la diversidad para generar cultura del encuentro y de la solidaridad
Acoger es abrir el espacio y el tiempo al encuentro con otros diferentes un icono es la inmigración, y hacerlo desde una actitud de reconocimiento y mutua necesidad lo cual nos lleva muchas veces al esfuerzo de intentar sentir y pensar desde donde no estamos, a suspender juicios, a arriesgar en el dialogo y a aceptar lo que el otro quiera ofrecerme ,a no imponer ritmos sino a ir detectándolos . Sólo así será sea posible el encuentro. En la capacidad de acoger o no de nuestras comunidades nos jugamos muchas veces los procesos y hasta los propios dinamismos de esperanza dentro de ellas. Tejer comunidad desde la diversidad es tarea prioritaria en nuestros contextos frente al individualismo, la fragmentación y la polarización social dominante y a menudo su puerta de entrada para ello no es otra que la escucha, la relación, la convocatoria por vía de la amistad, y el acompañamiento con lo que esto supone de priorización en nuestras vidas. No lo podemos y por ello es necesario elegir, seleccionar, discernir, entrar en dinámicas de un hacer más sosegado, menos ansiosas por las tareas y que nos lleva muchas veces a estar demasiado ocupadas y preocupadas, más por las cosas que por las personas y sin tiempo ni espacio psicológico ni para nosotras ni para los demás Por ello alentar la esperanza nos pide también vivir desprogramándonos, Es decir, echarle calidad de presencia y hondura a saber estar con la gente también en los espacios y tiempos informales, no programados, donde se teje la vecindad y la amistad Entrar en una nueva relación con el tiempo, más cualitativa que cuantitativa que vincula lo temporal al acontecimiento y al encuentro y no tanto únicamente como un aspecto de la vida que consumo y me consume
4.5-Cultivar más el canto que el lamento. Más cantoras que plañideras, aun cuando todavía es oscuro (Jn 20, 1ss)
El Evangelio es una Buena noticia, Va de banquetes y fiestas, aunque nos conduzca también a Jerusalén y el Gólgota. Es pecado un cristianismo sin cruz, pero también es pecado un cristianismo sin la experiencia gozosa, aunque opaca del encuentro con el Viviente en una realidad que aun cuando todavía es oscuro vislumbra los destellos del amanecer (Juan 20, 1 ss). Las lágrimas, el duelo, la pena, no son la palabra definitiva en la historia. Lo nuestro es la esperanza, aunque se sea esperanza enlutada. Una esperanza que sabe de secuencialidad, de tiempos de siembra y de maduración lenta, que es inductora de procesos, oscuridades y perseverancia. Somos invitados a vivir la profecía del canto y no de llanto, a ser gente cantora más que plañidera. Alentar la esperanza nos compromete también a cultivar en nuestras comunidades el arte del buen humor y de la risa, aprender a festejar, recrear la dinámica del banquete en nuestros contextos no solo de hacer mesa común y servir a la mesa a los pobres sino de banquetear juntos, que es entrar en otro nivel de gratuidad y reciprocidad . Celebrar la vida y la fe de manera que nuestra práctica eucarística sea mucho más que una liturgia, sea una existencia.
Sabemos que vivir dando razón de nuestra esperanza no es hacerlo desde el optimismo ingenuo y ahistórico, sino desde una esperanza enlutada, o una esperanza, apocalíptica. Una esperanza que no es sólo un horizonte ni una perspectiva de futuro, sino una actitud teologal de cara al presente, una actitud experta en mantener perplejidades y que nos sostiene mientras atravesamos el túnel oscuro de las metamorfosis históricas implicándonos en ellas y sin perder el ánima. Para ello necesitamos acudir más que a los dogmas a la mística, a los expertos y expertas en noches. Ser buceadores en la densidad de la realidad y los corazones humanos: Rezar como diría de nuevo Etty Hillesum[11] no con los ojos vueltos hacia el cielo buscando a Dios fuera de sí mismos sino. inclinando la cabeza y la hundiéndola entre las manos. Buscando a Dios por dentro, manteniéndonos en su silencio. En tiempos axiales, como muchos denominan al que estamos viviendo, el papel de los cristianos y cristianas quizás sea, como diría de nuevo Etty Hillesum, es ayudar a que Dios, el Amor, la Esperanza con mayúsculas, no se apague en el mundo, ni los corazones humanos[12].
5-A modo de epilogo: La esperanza y la penúltima bondad[13]
A medida que pasan los años la vida nos invita a vivir desnudándonos y quedándonos con los más esencial. Una de esas esencialidades que nace de la desnudez y el despojo es el agradecimiento y la bondad, que se hace solidaridad, ternura, generosidad, acogida y buen ánimo para con quienes nos rodean empezando por los más vulnerados y vulneradas. Por eso termino con un cuento al que se refiere Josep María Esquirol en su maravilloso libro la penúltima bondad, porque alentar la esperanza es ir por la vida bueneándola , haciendo el bien (Act 10, 38)
La bondad salva al mundo, la bondad cotidiana de las personas; la bondad en las acciones de unos hacia otros. Esa bondad, esa absurda bondad es lo más humano que hay en el hombre, lo que le define, el logro más alto que puede alcanzar su alma. A veces esa bondad, parece pequeña e impotente ante la monstruosidad y la extensión del mal. No obstante, en su impotencia y en su debilidad nunca podrá ser vencida. De aquí que la bondad, que es una de las vibraciones de la vida, sea la esperanza del mundo.
En las afueras de un monasterio budista, en las montañas del Himalaya, hay una piedra con un acertijo inscrito en ella: ¿Qué hay que hacer para que una gota de agua no se seque?”. Detrás de la misma piedra se encuentra la respuesta: Dejarla caer al mar. Bellísima imagen. Pero corresponde a la idea de integración oceánica y de totalidad que no comparto. Tal vez cabría una respuesta alternativa propia de las afueras- de la intemperie, del desierto-: ¿Qué hay que hacer para que una gota de agua que no se seque?: Ponerla en los labios de alguien que tenga sed”.
Que sigáis, sigamos colaborando en poner gotas de agua en los labios de quienes tienen sed de amor y justicia en un mundo que gime con dolores de parto por alumbrar la esperanza
[1] https://alternativaseconomicas.coop/articulo/oraculo-impertinente/el-claroscuro-de-los-monstruos
Gramsci se refería al fascismo, tristemente hoy en emergencia con diversos rostros del totalitarismo
[2] Yayo Herrero, ttps://www.elcolombiano.com/generacion/edicion-del-mes/entrevista-yayo-herrero-activista-de-medio-ambiente-en-el-hay-festival-medellin-CB19814644
[3] Teresa de Jesús, Libro de la vida 1
[4] Nurya Martínez Gayol, Esperar por otros…El desafío de esperar por los desesperanzados, Frontera Hegian. Instituto Teológico de Vida religiosa ( 84), Vitoria, 2013, pág.28
[5] María Zambrano, Los bienaventurados, Alianza Editorial, Madrid, 2022, pág. 132- 135
[6] Charles Pegui, El pórtico de la segunda virtud. Encuentro; Madrid, 1991, p 20-22
[7] Soy deudora en este punto de Javier Vitoria, en Dar razón de la esperanza en tiempos de incertidumbre. Cuadernos de Cristianismo y Justicia, (239). Barcelona, 2024.
[8] Pablo Freire en https://cuadernosdeltaller.com/2024/04/14/esperanzar-es-levantarse-esperanzar-es-perseguir-algo-esperanzar-es-construir-esperanzar-es-no-desistir-paulo-freire/
[9] Desarrollo extensamente este tema en mi libro Teología en las periferias, San Pablo, Madrid, 2020
[10] Yolanda Sáez. “Ecofeminismo. Tejiendo redes”, Mas allá de la pandemia al de la pandemia. Vivir en estado de excepción, Iglesia Viva (283), 2020
[11] Wanda Tommasi, Etty Hillesum, la inteligencia del corazón, Narcea, Madrid, 2003, pág. 109
[12] Paul Lebeau, Etty Hillesum. Un itinerario espiritual, Sal Terrae, Santander,199, pág. 110
[13] Josep María Esquirol, la Penúltima bondad, Acantilado, Barcelona. 2018. pág. 104
