Las periferias: lugar de la encarnación de Dios
Regina Martínez (Apostólica del Corazón de Jesús)
En la fiesta de la Encarnación- 25 de marzo
Nuestro camino de fe lo vamos recorriendo desde la confianza de que “Dios está en la historia como un Dios escondido. No tenemos otro lugar para escuchar la voz de Dios que la historia y la historia escuchada desde los excluidos/as.” (XI CG, Orientación al caminar N°1- ACJ)
Nuestro ser contemplativas apostólicas nos sitúa en el corazón del mundo de los pobres, así como Jesús, tomando la condición de servidor, se hizo semejante a nosotros. (Fil 2,7).
Ante la realidad mundial, vemos que hay muchas personas desplazándose en los distintos lugares del mundo. Cada vez los países muestran mayor incapacidad de escucha, de diálogo para resolver los problemas que genera el sistema político, económico. Mientras prevalecen las luchas de poderes, nuestros pueblos son los que están sintiendo en carne propia la pérdida de tantísimas vidas de las familias, amigos, vecinos; está realidad dolorosa que acontece en nuestro mundo, no nos puede dejar indiferentes.
Nuestros “oídos están atento al murmullo que brota del dolor y nos interpela”(Const.3), somos conscientes de que cada vez hay mayor número de violencias; feminicidio, desapariciones forzadas, y las guerras entre los países son interminables.
La humanidad en sí, no se rinde ante las amenazas, Dios va y esta con ellos y desde su peregrinar reconocen que Dios está al lado de ellos porque son sus hijas e hijos predilectos. Muchas personas desplazadas que vemos en plazas, mercados, calles, aeropuertos, en las terminales de autobuses, son los rostros sufrientes que nos sacan de nuestra zona de confort, nos sensibilizan y nos movilizan a buscar y trabajar por la justicia, e igualdad y la paz del mundo.
Nuestro Dios justo y misericordioso nos pone en camino para salir al paso de quien más lo necesita. Para dar vida en la unidad del más ardiente amor al salvador y la máxima estima del valor de la persona(Const. 3 ACJ).
Nuestra realidad nos supera ya que nos empuja a estar más atenta para posibilitar espacios seguros a todas estas personas que están siendo abusadas de sus derechos mientras transitan el largo caminar. Nuestra confianza está en encontrarnos para hacer caminos juntos, ayudándonos a sostener el mundo herido y cansado. Necesitamos brazos, pies, y sobre todo corazón para contener el mundo herido que tiene hambre y sed de justicia.
Las periferias son el lugar de la encarnación de Dios, donde su Palabra se revela de forma privilegiada, asumiendo lo débil, lo despreciado del mundo y generando desde ahí otra humanidad, otras relaciones, otro mundo posible (Cor 1,18-30). Son por tanto lugar privilegiado de la salvación universal de Dios, que por serlo se encarna en un periférico
No hay otro lugar donde se oyen más gritos que en las periferias, en las fronteras, en lo cotidiano de un hogar. Desde los gritos que clama el pueblo, nace también junto con ellas una nueva vida, una nueva creación, Dios se hace presente en la presencia y voz activa que convoca el pueblo a no cruzarse de brazos para defender la vida e erradicar, pensamientos y acciones dominantes.
La encarnación nos impulsa a vivir desde la realidad más profunda y cotidiana a través de las comunidades, con los colectivos, sentir con el pueblo está vulnerabilidad humana que encoge nuestras entrañas del grito de Dios entre nosotras/os por su creación.
Y nos invita a situarnos en discernimiento para no dejar escapar la revelación del Espíritu de Dios, con valentía y firmeza, abiertas a la hospitalidad, al acompañamiento, al riesgo de caminar juntos y juntas en la fragilidad de nuestra historia.
Hoy más que nunca nuestro centro que es Jesús nos empuja a compartir la mesa eucarística para saber permanecer y resistir siempre en la dinámica de la generosidad, celebrando la fe, la vida, con la danza y la alegría que nos sostiene en muchos de nuestros momentos mientras transitamos de la desolación a la Esperanza.
“Nuestra alegría y esperanza no está en relación directa con los logros ni las respuestas, no con el descubrimiento de nuestra debilidad sino más bien, en el reconocimiento de que Dios actúa en esta debilidad (Cfr. II cor 12,7-10).
Vivimos un tiempo de gracia, que nos impulsa a seguir defendiendo y cuidando la vida toda.
Vivimos un tiempo de gracia que nos llaman a revolucionar el amor por la humanidad.
