Los 50 días que nos congelaron la vida: Crónica de la crisis en La Paz
Cuando los noticieros hablan de los 50 días de conflicto en La Paz, suelen inundar las pantallas con cifras macroeconómicas y debates políticos lejanos. Pero la verdadera historia no se escribe en los despachos; se sufrió en el silencio de nuestros hogares y en el miedo constante de caminar por unas calles devoradas por la violencia, el vandalismo y la polarización. Para quienes no éramos parte del conflicto, esos dos meses fueron una pesadilla de supervivencia y desamparo.
La Ciudad de El Alto y La Paz secuestrados.
Caminar por La Paz o intentar cruzar a El Alto se convirtió en un acto de alto riesgo. Los puntos de bloqueo dejaron de ser protestas pacifistas para transformarse en focos de intolerancia absoluta. Si no estabas de acuerdo con las movilizaciones, te convertías automáticamente en el enemigo: la violencia física y verbal hacia los ciudadanos particulares era constante.
El vandalismo se apoderó de los días y noches paceñas. Fuimos testigos de saqueos, robos y destrozos impunes a los bienes del Estado y a movilidades particulares que se atrevían a circular. En los puntos de bloqueo, el consumo desmedido de alcohol por parte de los movilizados exacerbaba la agresividad. El ambiente se volvió ensordecedor y peligroso por el uso indiscriminado de dinamitas, petardos, hondas y de piedrazos que destruían todo a su paso. Incluso la prensa fue sistemáticamente rechazada, agredida y censurada por los manifestantes, en un claro intento de que no se filmaran los excesos ni el descontrol. Mientras tanto, el aire de la ciudad se volvía denso e irrespirable, contaminado por la quema descontrolada y diaria de miles de neumáticos que tiñeron el cielo de un hollín negro y tóxico.
La respuesta del Estado tampoco trajo paz; la intervención de las fuerzas del orden derivó en episodios de severo abuso policial hacia los movilizados, lo que encendía aún más la mecha de una violencia que parecía no tener fin. Todo este escenario estaba fríamente calculado desde arriba: los dirigentes sindicales utilizaban ideologías radicalmente polarizadas para manipular a las bases, sembrando odio y dividiendo a la población para sostener sus propios intereses políticos.
La viveza de los sindicatos ahogaba aún más nuestra economía.
En medio de este caos, la estabilidad laboral se desmoronó. En mi trabajo decidieron otorgarme vacaciones forzadas, dejándome en casa sin sueldo y sin certezas. Mientras los ingresos se congelaban, la especulación en los precios de la canasta familiar alcanzó niveles exagerados en los mercados. Los pocos ahorros comenzaron a desaparecer: el maple de huevo, que solía costar entre 20 y 28 bolivianos, trepó hasta los 70, y comprar un pollo se convirtió en un lujo inalcanzable de 140bs.La crisis obligó a una economía de guerra extrema. En casa, la rutina se redujo a almorzar algo ligero como única comida del día para estirar los recursos. Afuera, las escuelas, institutos y universidades cerraban sus puertas para refugiarse en la modalidad virtual, vaciando las calles de estudiantes y llenándolas de incertidumbre. Muchos emprendimientos locales, incapaces de sostener la falta de insumos, bajaron las persianas para siempre.
Incluso el transporte público local se convirtió en una trampa de abuso. Los choferes sindicalizados, que supuestamente acataban el paro en «apoyo al pueblo», se dedicaron a aplicar el infame «trameaje». Dividían las rutas en tramos cortos para cobrar el pasaje dos o tres veces más caro, aprovechándose de la desesperación de la gente que necesitaba movilizarse.
Intentando buscar una salida, empecé a trabajar como ayudante en el taller de metalmecánica de un amigo, pero el panorama allí era igual de desolador: con el precio de los materiales por las nubes debido al bloqueo, la gente dejó de hacer pedidos y el trabajo era casi involuntariamente inexistente.
Las carreteras desiertas: El abandono en el asfalto y el colapso sanitario se sentían a lo lejos…
Mientras la ciudad sufría el desabastecimiento, las carreteras troncales se transformaron en un escenario de total deshumanización. Cientos de choferes del transporte pesado y pasajeros particulares quedaron varados en medio de la nada por semanas. Obligados a buscar maneras desesperadas de sobrevivir, pasaron días enteros casi sin comida ni agua limpia. Entre ellos, muchas personas enfermas padecieron el calvario de ver su salud deteriorarse bajo las inclemencias del tiempo, atrapados en los camiones y buses sin la menor posibilidad de regresar a la ciudad de La Paz para recibir auxilio.
Ese bloqueo implacable provocó que el sistema de salud urbana entrara en una emergencia crítica. Los medicamentos esenciales escasearon por completo en farmacias y hospitales, cobrándose vidas de la forma más dolorosa. Entre las víctimas fatales de esta una persona del extranjero, atrapado y desamparado en uno de los puntos de bloqueo sin poder recibir auxilio médico.
A esta tragedia se sumó la muerte de un par de personas adultas y una niña pequeña, cuyas vidas se apagaron debido a la absoluta falta de asistencia médica oportuna, no pudieron llegar a ningún hospital, convirtiéndose en el reflejo más desgarrador de una crisis que no perdonó a los más inocentes.
Puertas adentro, mucha gente sufría en silencio, por diferente motivo, mientras en la hoyada de La Paz se daban los enfrentamientos casi todos los días.
En ese mismo entorno de desamparo absoluto, nos tocó resistir junto a mi madre, quien libraba una batalla silenciosa y feroz contra un cáncer de cuello uterino. Ver cómo la falta de una atención médica adecuada y la escasez extrema de fármacos hacían su camino infinitamente más difícil fue una condena desgarradora. Hicimos todo lo posible, luchamos conseguimos sus medicamentos a costos elevados y demás…pero Lamentablemente, la resistencia de su cuerpo tuvo un límite, y semanas después de que terminara el conflicto, mi mamá falleció.
Cuando las rutas finalmente se desbloquearon, para muchos la vida pareció volver a la normalidad como si nada hubiera pasado. Pero para quienes lo vivimos desde la vulnerabilidad, las secuelas de esos 50 días son imborrables. No se miden en el despeje de una avenida, sino en el trauma del miedo vivido, en el vacío de los ahorros evaporados por la especulación, en la tarea de reconstruir el día a día desde un taller y emprendimientos sin clientes, y en el duelo profundo por la ausencia de nuestros seres queridos que se fueron peleando en medio del periodo más oscuro, violento e indolente que ha tenido nuestra ciudad.
Javier Cruz Quisbert.
