NAVIDAD: TIEMPO DE MUJERES Y PERIFERIAS

Pepa Torres Pèrez

La imposible neutralidad de los contextos y los lugares enunciación

La sociología crítica nos ha ayudado a darnos cuenta que la realidad adquiere diferentes matices y percepciones según desde donde la contemplamos y la pensamos, según donde tenemos no sólo el corazón, sino también los pies. Nada es neutro. Ignacio de Loyola desde su sabiduría espiritual ya fue consciente de ello, por eso otorgó tanta importancia a lo que él llama la “composición de lugar “en sus Ejercicios Espirituales. No es lo mismo contemplar, vivir o reflexionar sobre el misterio que encierra la navidad en un hotel de cinco estrellas de vacaciones familiares de invierno y a la espera de un hijo o hija, que en una patera en la ruta Senegal-Canarias o acogidos por un centro social y las redes de barrio tras haber vivido la violencia de un desahucio. Pero la realidad no solo se percibe con matices diferentes desde el lugar donde se mira, sino que el feminismo nos ha descubierto también que los matices cambian según los cuerpos que la miran, es decir, según el lugar de enunciación.

Escribo este artículo desde un cuerpo y una mirada de mujer y un lugar concreto que atraviesa mi vida: las periferias. Las periferias entendidas en sentido amplio, no solo geográficas o sociales, sino también las periferias existenciales, es decir, las realidades más oscuras de nuestra vida, nuestras experiencias de impotencia y de sufrimiento: la muerte de un ser querido, la enfermedad, un fracaso profesional o de pareja, una depresión, etc; en definitiva, lo que una amiga mía llama: la cara b de la vida, lo que nunca vamos a colgar en las redes sociales porque no luce, sino que “nos desluce”.

El misterio de la navidad que celebramos las cristianas y los cristianos cada año es que esas periferias -las sociales y las existenciales- son lugar de la revelación de Dios y del nacimiento del Hijo: Un Dios humanado, que nos anuncia la fraternidad y la sororidad universal desde la debilidad, los abajo y los adentro de la historia y no desde el poder, la suficiencia o los lugares de privilegio. Por eso como nos recuerda el evangelista Lucas le podemos reconocer: “envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12). En consecuencia, un Dios que se des-empodera para hacerse pura debilidad, caricia ternura, grito y solidaridad, desde los más pequeños y pequeñas de la historia para universalizarse en todo ser humano, en toda cultura y pueblo de la tierra, en toda la creación.

Navidad: tiempo de mujeres

Si la Navidad contextualiza la salvación desde las periferias para hacerse universal, las mujeres, las grandes olvidadas en las religiones y todavía en muchas culturas, cobran un papel protagónico. Por ello podemos decir que la navidad es también un tiempo de mujer, porque la salvación de Dios es mediada por una mujer: María de Nazaret. Dios no se impone, sino que se expone a la libertad y el riesgo de María. Dios no acosa, ni abusa, ni manipula la libertad femenina, sino que respeta   profundamente sus síes y sus noes. Desde esa libertad María abre su cuerpo y su espíritu para dar a luz la esperanza: el Evangelio hecho carne en la persona de Jesús de Nazaret, el niño desvalido que nos cita en los pesebres de la historia y en nuestros propios pesebres personales, en las afueras de la ciudad y en la intemperie de nuestras propias vidas.

La navidad es tiempo de mujer porque también hoy en nuestro mundo el misterio de la vida y la esperanza, frente a todo pronóstico, esta protagonizado por mujeres que traman la resistencia, la dignidad el cuidado, la ternura y el coraje en ecosistemas vitales y sociales imposibles. Ellas son portadoras del misterio de la Navidad cada vez que dan a luz de nuevo a Dios en el mundo, por ejemplo, cuando anteponen el valor de la vida y la dignidad de cada ser humano frente a los discursos y prácticas de odio, frente a la crueldad de los mercados y la banalización del mal que hace que no todas las vidas importen. Ellas hacen posible lo imposible y a menudo claman y agradecen a Dios con nombres y acentos distintos. Muchas de ellas hoy son nuevas vecinas que movidas por el sueño de un futuro para sus familias, traen esperanza, cuidado y renovación de la vida y nos retan a la hospitalidad y la amistad social. En ellas El Dios que nace en la convivencia en la diversidad nos cita a dar a luz la cultura del encuentro en medio de los ambientes polarizados que nos atraviesan como personas y sociedades.

El Evangelio es hoy, el Evangelio es ahora 

Esta frase de la activista y contemplativa en la acción Dorothy Day me conecta con la experiencia de Ignacio de Loyola cuando nos invita a contemplar en los Ejercidos espirituales al Dios nuevamente encarnado (EE 109). La navidad, por tanto, más allá del hecho histórico que desencadenó el cristianismo, es un dinamismo que estamos llamados y llamadas a acoger y a vivir hoy con profundidad y compromiso en lo que se nos vaya regalando de su misterio y desde la propia realidad existencial de cada persona y contexto. Paso a subrayar algunos elementos que desde la sensibilidad de las mujeres me parece especialmente evocadores y provocadores para seguir dando a la luz y alentando:

 El evangelio de la ternura 

Cada navidad alumbra de nuevo el evangelio de la ternura. El niño que nace encarna la ternura en acción, la ternura en relación. Una ternura, como nos recuerda Heinrich Boll (1963), que siempre es curativa, con palabras, con manos que también pueden llamarse caricias, besos, comida en común, porque hay seres que pueden ser curados por una voz, simplemente por el material sonoro de una voz determinada, porque no son los dogmas ni los principios los que liberan a la  gente del suicidio o la desesperación sino el juego y en el juego siempre el riesgo, no el riego necio de perder, sino el que uno no sabe cómo va a resultar.  

Sin ternura, sin cuidado la vida es un desierto. La ternura implica abrirnos al lenguaje de la sensibilidad captando en nuestro propio cuerpo el gozo o el dolor de los otros, respetando su alteridad y su libertad sin pretender poseerlos ni manipularlos. Durante mucho tiempo la ternura ha sido relegada al ámbito de las relaciones en lo privado y a la iniciativa de mujeres. Sin embargo, la ternura es un paradigma de convivencia que debe ser ganado en el terreno de lo relacional pero también en la vida social y pública, arrebatando palmo a palmo, territorios en los que dominan desde hace siglos los valores del poder y la manipulación. La ternura es respeto, confianza, creación colectiva. Implica reconocer y asumir cariñosamente los propios límites y fragilidades. Por eso somos tiernos cuando nos reconocemos vulnerables y entendemos que nuestra fuerza no es la suficiencia, sino la energía que brota del compartir con los demás el alimento afectivo, cuando fomentamos la diferencia sin blindarnos o aplastar a quien nos contrasta. El encuentro con Jesús, recién nacido en el pesebre, es fuente de ternura y humanización, como va a serlo también en su vida adulta. Una ternura que no está reñida con la indignación, el sentido crítico y la conciencia sino que al revestirlos los hace experiencias profundamente humanas y liberadoras, como cuando urge amar  a los enemigos (Mt 5,42-43) o a no separar el el trigo de la cizaña (Mt 13,24-30), o cuando llora de amor por el amigo perdido (Jn 11,1-45),o de impotencia  ante la dureza de corazón  de una ciudad que es el símbolo del poder y la ortodoxia implacable (Lc 19,41-48) o cuando, respetando profundamente la decisión del joven rico, su corazón queda dolorido y afectado por ella (Mc 10, 17-30 ) o cuando ríe y banquetea con  comilones, borrachos y prostitutas (Mt 11,19 ) , o  juega con los niños poniéndose a su altura y ubicándoles en el centro (Mc 10, 13-16 ) , o como cuando acaricia a la mujer encorvada( Lc 13,10-17) o a la adultera (Jn 7,53; 8-1 ).

¿Cómo seguir dando a luz y alentando el evangelio de la ternura en la gran familia de la humanidad y en nuestras propias familias, en nuestra vida ciudadana y eclesial?.

El evangelio del cuidado y la justicia  

Bíblicamente el cuidado aparece vinculado a la misericordia y la ternura. El niño deBelén nos recuerda que sin cuidado no hay vida, que el evangelio es cuidado y que el cuidado no puede limitarse solo a los ámbitos personales o relacionales, sino que el cuidado ha de ser también social y político. El cuidado, como la ternura, han sido históricamente una atribución de género asignada a las mujeres, por lo que nos hemos convertido en sus grandes “guardianas”. Sin embargo, necesitamos universalizarlo. ¿Cómo poner el cuidado en el centro de la vida y no los intereses individualistas, la meritocracia, el dinero, la imagen, el prestigio, el mercado? ¿Cómo “echar una mano al Dios todo-cuidadoso que se nos revela en Jesús para humanizar y buenear la vida?. Pero el cuidado necesita de la justicia y viceversa. La navidad nos recuerda también que Dios es nuestra justicia (Jr 23,6) y que en Jesús se cumple la utopía anhelada por tanta humanidad hambrienta y víctima las guerras. En Jesús la justicia y la paz se besan (Salmo 85,11). Una paz que no es un tranquilizante, sino una paz incómoda, una paz, como señala León XIV, desarmante y desarmada, que nos compromete a hacer de la vida un banquete sin primeros ni últimos, desde los escenarios más cotidianos de nuestra vida hasta los más públicos (Lc 14, 15-24). La paz es el gran anuncio de la navidad, una paz con justicia, como la que anhelan millones de madres y niños en lugares como Gaza, Yemen, Congo, Mali y tantos otros lugares del Sur global.

 ¿Como podemos vivir esta navidad desde un mayor compromiso con la paz y la justicia desde nuestra realidad?  

El evangelio de la esperanza.

Las lecturas Navidad nos anuncian una gran alegría y esperanza que lo será para todo el pueblo(Lc 2,10). Pero ¿No es acaso esto una ingenuidad? ¿Es posible remitirnos a la esperanza en una realidad amenazada por el colapso climático y atravesada por políticas de la crueldad generadoras de muerte y exclusión? La navidad nos recuerda que hay una esperanza que “nos primerea”: el Dios de Jesús camina con nosotras historia adentro, sin apearse de ella y sin abandonarnos por densos y oscuros que sean los acontecimientos que atravesemos. El niño que contemplamos en Belén y su madre parturienta, nos recuerdan que La esperanza no es la convicción de que las cosas saldrán bien, sino la certidumbre de que algo tiene sentido, sin importar el resultado final (VaclavHavel).Por ello nuestra esperanza no se fundamenta en el optimismo histórico, sino en que la realidad puede modificarse por el misterio de amor y solidaridad que la habita y nos habita y nos urge a no solo a esperar, sino a esperanzar, a  hacer histórica, concreta, la esperanza

¿Qué y a quienes podemos esperanzar esta Navidad?